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domingo, 8 de febrero de 2015
Salvados
Todo me sabe a ti. Todo me recuerda a vosotras. El simple hecho de sentarme a ver una película, una serie o un programa de televisión crea en mí una sensación de vacío. Una sensación de que ese momento antes era distinto, mejor, más completo. De que hay cosas que he ido creando alrededor de cada una de esas acciones que ahora necesito y no tengo. Un comentario, una palabra, una mirada, una lágrima, un insulto, un bostezo, unos ojos cerrados, un beso, una caricia, un arañazo, un mordisco, una rosca... siempre varías de esas cosas. En alguna ocasión, todas. Y no estoy preparado para sentarme frente a la televisión sin ninguna de esas cosas. Todavía no, y no sé cuando lo estaré. Así que, hoy vuelvo a faltar a la cita.
miércoles, 4 de febrero de 2015
Nieve en París
Quizá no supe ver las señales. Quizá estando en el sueño no me daba cuenta de que había alarmas a mi alrededor que tarde o temprano sonarían. Quizá no me di cuenta de que las librerías en Asturias sólo ocurren en los cuentos de hadas. Y por eso ahora el golpe es mucho mayor.
Hoy amanecía una alfombra blanca desvirtuando el monótono paisaje. Puede que sea de los pocos regalos que trae el invierno que a la mayoría de la gente agrada. Y, generalmente, a mí también. Pero hoy no sé disfrutar del regalo. No sé porque te imagino a ti, debajo de la gran nevada, con una sonrisa de niña y con tus palmas bien juntas para intentar atrapar todos los copos que aguantes antes de congelarte. Te imagino, haciendo un muñeco, y jugando conmigo con alguna bola despistada que acabe en mi cuerpo.
Lo peor de todo, es que es sólo eso, una imaginación. Los recuerdos que tengo de nosotros debajo de esa gran nevada son recreaciones de lo que podía haber sido, pero no son recuerdos. Porque nunca he visto la nieve contigo. Y es en este momento cuando me viene a la cabeza, y me pesa el alma toneladas, esa vez que te dije que me encantaría ver contigo París nevado y tú me negaste esa aventura porque la reservabas para el chico de tus sueños.
martes, 3 de febrero de 2015
Amado frío
La relatividad lleva anclada a nosotros desde el comienzo de la existencia y sólo un físico alemán nos la supo explicar. La sensación que tengo diariamente con vosotras parece un extracto de su demostración. A menudo siento que estoy totalmente inmóvil, esperando a que acudáis a mí, pero también siento que vosotras estáis en continuo movimiento en una dirección contraria. Mi única esperanza brota de ese pequeño malhumorado cuando me digo a mis adentros que la relatividad dice que yo también me estoy moviendo.
Sin embargo, la relatividad también me está machacando en estas fechas. Los rostros de la gente están fríos, helados, esperando a que el invierno pase y en breve se olvide de que vivimos en un país en el que calentarse es más difícil que tener tres carreras y no encontrar trabajo. La gente mira diariamente el tiempo esperando encontrar un sol y que no haya ningún guión que indique algo negativo. Esperando a que viento, lluvia y nieve sólo queden en las cuatro fotos que hicieron a través de la ventana. Y es en ese momento cuando Einstein se revela. Yo no quiero que pase el invierno. No quiero que termine el frío. No quiero que se acaben los días de truenos en los que vosotras dos teníais tanto miedo. No lo quiero porque no he pasado esos días con vosotras. Porque no hemos estado los tres juntos frente a un pequeño calefactor. Porque no os habéis pegado a mí creyendo que puedo hacerle frente a cualquier rayo. Porque no hemos pasado una tarde entera adormilados envueltos en mantas. Pero, sobre todo, no quiero que pase porque tengo miedo de que ya no vuelva a tener un invierno con vosotras.
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