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miércoles, 18 de febrero de 2015

Estación de tren

Nada más asomarse el sol entres las nubes que cubren hoy el cielo, podía divisarme sentado en el antiguo banco de la estación. Quieto, con la mirada perdida. Así me encuentro la mayor parte del tiempo. Así se pasan las horas martilleando mi piel y desgastando mis ojos. Envejeciendo mi alma que lo único que hace es esperar el tren. Esperando el último vagón de la esperanza pensando que me llevará de vuelta a ti. Nueva espera que me transporta realmente a los infiernos. Y aun así, sigo anclado a mi asiento con la vista puesta en el horizonte.

No quiero admitir que esta estación ya fue abandonada. Que ningún tren pasará. Que mi nuevo rumbo está en otro sentido, en otra dirección. No quiero ver que ya no venden billetes hacia donde tú estás. Que ese tren ya nunca pasará. Que tu estación de destino abrirá otras líneas distintas en un futuro, pero no hacia la estación en la que yo me encuentro. No quiero creer que nunca más haré un viaje a ti, a vosotras. A veces consigo levantarme y divisar la salida. Saber que es la única opción, que es el camino para volver a empezar. Pero me arraigo todavía a mi estación. Así que, más viejo y más cansado, vuelvo a mi asiento. Y, hasta que no sepa hacer otra cosa, esperaré.

lunes, 9 de febrero de 2015

Compañero herido

¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta peregrina historia. Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras! 
Miguel de Cervantes

Tú, mi pequeño rocinante. Hoy eres tú. Como si este año me la tuviera guardada. No puedes levantarte, o no quieres. También te faltan esos viajes para ver a Dulcinea. Esos momentos en los que nos juramos amor eterno entre paisajes verdes y amarillos. Momentos que ya no te doy y que echas de menos. Momentos, que ante su ausencia, nos hace viejos a los dos. No te vayas tú también. Caballero sin doncella, es un caballero loco, pero si tampoco tiene caballo, tan sólo le queda ser loco.

Por un clavo se perdió una herradura, por ésta un caballo, 
y por éste el jinete, que fue capturado y muerto por el Enemigo
Benjamin Franklin

sábado, 7 de febrero de 2015

Cuentagotas

Parece que nuestro aprendizaje va ligado, casi unido, a nuestro sufrimiento. La nube en la que vivimos en los momentos estables y felices lucha contra ese ansia de experiencia y sabiduría que nos brinda el dolor. El diablo no tiene más experiencia por viejo o por sabio, la tiene porque ha sufrido mucho. Y quizá por eso, ya no haya nada que le conmueva.

En este comienzo de año he ganado varias décadas de conocimiento. Y también me he dado cuenta que llevaba bastantes años sin aprender mucho. Viviendo en esa nube reconfortante y bonita que hacía que cada mañana me alegrara de compartir cita con Platón. De adquirir a cuentagotas el conocimiento que algunos textos me podían ir dando. Y de que mi mayor estudio fuera el ir descubriendo algún rasgo nuevo del libro que hacía algo más de cuatro años comencé a leer.

Muchas veces no elegimos el momento de nuestro aprendizaje. Llega sólo y tenemos que afrontarlo. Otras veces lo buscamos porque la nube nos abruma pensando que quizá no la merezcamos. Pero si algo he aprendido en tirano nuevo año es que nuestra nube reconfortante aparece pocas veces y que nuestra vida es corta, así que no tenemos que forzar esa adquisición de conocimiento, más aun cuando hayamos encontrado esa nube, porque, tristemente, llegaran momentos en que el cielo esté siempre despejado.

Los que emplean mal su tiempo son los primeros en quejarse de su brevedad 
Jean de la Bruyere

jueves, 5 de febrero de 2015

No siento lo que sentía antes

A veces una palabra, frase o imagen te puede martillear perennemente. La tomas como si fuera un contratiempo y acaba siendo un mal mayor que te devuelve a la realidad. En ocasiones tiene tanta fuerza que la tomas como si ya no hubiera nada que hacer y te limitas sólo a sobrevivir. A convivir con ella.

No siento lo que sentía antes. Ayer escuché vuestras voces y sonaban como si no nos hubiéramos separado nunca. Sé que no era verdad porque en mitad de la conversación apareció esa losa, que ya hace tiempo comencé a cargar, de lo que fue y ya no es. Losa aún mayor porque mi sentimiento es totalmente contrario, porque cada minuto que pasa, yo siento más.

Y miedo, mucho miedo. A que siempre nos acompañe el no siento lo que sentía antes.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Nieve en París

Quizá no supe ver las señales. Quizá estando en el sueño no me daba cuenta de que había alarmas a mi alrededor que tarde o temprano sonarían. Quizá no me di cuenta de que las librerías en Asturias sólo ocurren en los cuentos de hadas. Y por eso ahora el golpe es mucho mayor.

Hoy amanecía una alfombra blanca desvirtuando el monótono paisaje. Puede que sea de los pocos regalos que trae el invierno que a la mayoría de la gente agrada. Y, generalmente, a mí también. Pero hoy no sé disfrutar del regalo. No sé porque te imagino a ti, debajo de la gran nevada, con una sonrisa de niña y con tus palmas bien juntas para intentar atrapar todos los copos que aguantes antes de congelarte. Te imagino, haciendo un muñeco, y jugando conmigo con alguna bola despistada que acabe en mi cuerpo. 

Lo peor de todo, es que es sólo eso, una imaginación.  Los recuerdos que tengo de nosotros debajo de esa gran nevada son recreaciones de lo que podía haber sido, pero no son recuerdos. Porque nunca he visto la nieve contigo. Y es en este momento cuando me viene a la cabeza, y me pesa el alma toneladas, esa vez que te dije que me encantaría ver contigo París nevado y tú me negaste esa aventura porque la reservabas para el chico de tus sueños.

martes, 3 de febrero de 2015

Amado frío

La relatividad lleva anclada a nosotros desde el comienzo de la existencia y sólo un físico alemán nos la supo explicar. La sensación que tengo diariamente con vosotras parece un extracto de su demostración. A menudo siento que estoy totalmente inmóvil, esperando a que acudáis a mí, pero también siento que vosotras estáis en continuo movimiento en una dirección contraria. Mi única esperanza brota de ese pequeño malhumorado cuando me digo a mis adentros que la relatividad dice que yo también me estoy moviendo.

Sin embargo, la relatividad también me está machacando en estas fechas. Los rostros de la gente están fríos, helados, esperando a que el invierno pase y en breve se olvide de que vivimos en un país en el que calentarse es más difícil que tener tres carreras y no encontrar trabajo. La gente mira diariamente el tiempo esperando encontrar un sol y que no haya ningún guión que indique algo negativo. Esperando a que viento, lluvia y nieve sólo queden en las cuatro fotos que hicieron a través de la ventana. Y es en ese momento cuando Einstein se revela. Yo no quiero que pase el invierno. No quiero que termine el frío. No quiero que se acaben los días de truenos en los que vosotras dos teníais tanto miedo. No lo quiero porque no he pasado esos días con vosotras. Porque no hemos estado los tres juntos frente a un pequeño calefactor. Porque no os habéis pegado a mí creyendo que puedo hacerle frente a cualquier rayo. Porque no hemos pasado una tarde entera adormilados envueltos en mantas. Pero, sobre todo, no quiero que pase porque tengo miedo de que ya no vuelva a tener un invierno con vosotras.


lunes, 2 de febrero de 2015

Más tiempo que nunca

Cuesta ser capaz de plasmar en el pentagrama nuevas notas. Notas que permitan tocar melodías que ayuden a no escuchar la música de tus últimos años. De tu última vida. Notas que te recuerden que existías antes de pertenecer a esta orquesta. Que te recuerden que hacías música. De mucha peor calidad, pero al fin y al cabo, música.

Porque desde hace poco más de un mes sólo escucho las canciones que hemos tocado en estos últimos años. Es lo único que tengo y si no está eso, no tengo nada. Vacío. Si me quitan esas canciones, si ya no me dejan tocarlas, mi mundo se queda sin música.

Y me ahogo. Porque todo es ajeno a mí. Todo ha tomado distinto camino a mi realidad. Todo está demasiado lejos ahora y a mí me cuesta demasiado volver a comenzar. Quizá mi sitio esté junto al silencio. Observando todo, ajeno a la realidad. En ese mundo sin música. Y verteré algunas letras, para tener la sensación de seguir aquí. 

Aunque lo haré con dolor. Con mucho dolor, porque siempre pensé que mi sitio estaría junto a ti. Junto a vosotras.