Quizá no supe ver las señales. Quizá estando en el sueño no me daba cuenta de que había alarmas a mi alrededor que tarde o temprano sonarían. Quizá no me di cuenta de que las librerías en Asturias sólo ocurren en los cuentos de hadas... Quizá no sólo no era el chico de tus sueños para ver la nieve en París. Quizá ya en estos últimos meses no lo era ni para ver sencillamente la nieve.
En las horas de meditación involuntarias en las que someto a mi mente, intento demostrar a esa ridícula esperanza lo evidente. Le hago ver que en esos dos meses que he sufrido y que se remataron hace escasos días, el dolor sólo estaba en una orilla de la playa. En esas señales que enviabas por todos los altavoces sociales que se dan en nuestros días, tú estabas bien. En ocasiones, mejor que bien. Con tu tiempo ocupado en varios compromisos y rematados con algo que yo llevaba años proponiéndote. Con una escapada a la nieve. No la nieve de París, esa te la reservas para ese alguien especial, pero sí la nieve que resume estos últimos meses.
Insisto en hacerla ver, a mi mente, que hay pruebas evidentes de que ya no vas a volver. De que tus dudas, no era más que miedo al cambio. Y ese miedo siempre lo has tenido. Pero en tu vida ya no hay cabida para mí. Y mi mente lo sabe. Pero le cuesta admitirlo.
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jueves, 19 de febrero de 2015
sábado, 7 de febrero de 2015
Cuentagotas
Parece que nuestro aprendizaje va ligado, casi unido, a nuestro sufrimiento. La nube en la que vivimos en los momentos estables y felices lucha contra ese ansia de experiencia y sabiduría que nos brinda el dolor. El diablo no tiene más experiencia por viejo o por sabio, la tiene porque ha sufrido mucho. Y quizá por eso, ya no haya nada que le conmueva.
En este comienzo de año he ganado varias décadas de conocimiento. Y también me he dado cuenta que llevaba bastantes años sin aprender mucho. Viviendo en esa nube reconfortante y bonita que hacía que cada mañana me alegrara de compartir cita con Platón. De adquirir a cuentagotas el conocimiento que algunos textos me podían ir dando. Y de que mi mayor estudio fuera el ir descubriendo algún rasgo nuevo del libro que hacía algo más de cuatro años comencé a leer.
Muchas veces no elegimos el momento de nuestro aprendizaje. Llega sólo y tenemos que afrontarlo. Otras veces lo buscamos porque la nube nos abruma pensando que quizá no la merezcamos. Pero si algo he aprendido en tirano nuevo año es que nuestra nube reconfortante aparece pocas veces y que nuestra vida es corta, así que no tenemos que forzar esa adquisición de conocimiento, más aun cuando hayamos encontrado esa nube, porque, tristemente, llegaran momentos en que el cielo esté siempre despejado.
En este comienzo de año he ganado varias décadas de conocimiento. Y también me he dado cuenta que llevaba bastantes años sin aprender mucho. Viviendo en esa nube reconfortante y bonita que hacía que cada mañana me alegrara de compartir cita con Platón. De adquirir a cuentagotas el conocimiento que algunos textos me podían ir dando. Y de que mi mayor estudio fuera el ir descubriendo algún rasgo nuevo del libro que hacía algo más de cuatro años comencé a leer.
Muchas veces no elegimos el momento de nuestro aprendizaje. Llega sólo y tenemos que afrontarlo. Otras veces lo buscamos porque la nube nos abruma pensando que quizá no la merezcamos. Pero si algo he aprendido en tirano nuevo año es que nuestra nube reconfortante aparece pocas veces y que nuestra vida es corta, así que no tenemos que forzar esa adquisición de conocimiento, más aun cuando hayamos encontrado esa nube, porque, tristemente, llegaran momentos en que el cielo esté siempre despejado.
Los que emplean mal su tiempo son los primeros en quejarse de su brevedad
Jean de la Bruyere
miércoles, 4 de febrero de 2015
Nieve en París
Quizá no supe ver las señales. Quizá estando en el sueño no me daba cuenta de que había alarmas a mi alrededor que tarde o temprano sonarían. Quizá no me di cuenta de que las librerías en Asturias sólo ocurren en los cuentos de hadas. Y por eso ahora el golpe es mucho mayor.
Hoy amanecía una alfombra blanca desvirtuando el monótono paisaje. Puede que sea de los pocos regalos que trae el invierno que a la mayoría de la gente agrada. Y, generalmente, a mí también. Pero hoy no sé disfrutar del regalo. No sé porque te imagino a ti, debajo de la gran nevada, con una sonrisa de niña y con tus palmas bien juntas para intentar atrapar todos los copos que aguantes antes de congelarte. Te imagino, haciendo un muñeco, y jugando conmigo con alguna bola despistada que acabe en mi cuerpo.
Lo peor de todo, es que es sólo eso, una imaginación. Los recuerdos que tengo de nosotros debajo de esa gran nevada son recreaciones de lo que podía haber sido, pero no son recuerdos. Porque nunca he visto la nieve contigo. Y es en este momento cuando me viene a la cabeza, y me pesa el alma toneladas, esa vez que te dije que me encantaría ver contigo París nevado y tú me negaste esa aventura porque la reservabas para el chico de tus sueños.
martes, 3 de febrero de 2015
Amado frío
La relatividad lleva anclada a nosotros desde el comienzo de la existencia y sólo un físico alemán nos la supo explicar. La sensación que tengo diariamente con vosotras parece un extracto de su demostración. A menudo siento que estoy totalmente inmóvil, esperando a que acudáis a mí, pero también siento que vosotras estáis en continuo movimiento en una dirección contraria. Mi única esperanza brota de ese pequeño malhumorado cuando me digo a mis adentros que la relatividad dice que yo también me estoy moviendo.
Sin embargo, la relatividad también me está machacando en estas fechas. Los rostros de la gente están fríos, helados, esperando a que el invierno pase y en breve se olvide de que vivimos en un país en el que calentarse es más difícil que tener tres carreras y no encontrar trabajo. La gente mira diariamente el tiempo esperando encontrar un sol y que no haya ningún guión que indique algo negativo. Esperando a que viento, lluvia y nieve sólo queden en las cuatro fotos que hicieron a través de la ventana. Y es en ese momento cuando Einstein se revela. Yo no quiero que pase el invierno. No quiero que termine el frío. No quiero que se acaben los días de truenos en los que vosotras dos teníais tanto miedo. No lo quiero porque no he pasado esos días con vosotras. Porque no hemos estado los tres juntos frente a un pequeño calefactor. Porque no os habéis pegado a mí creyendo que puedo hacerle frente a cualquier rayo. Porque no hemos pasado una tarde entera adormilados envueltos en mantas. Pero, sobre todo, no quiero que pase porque tengo miedo de que ya no vuelva a tener un invierno con vosotras.
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